Quien pudiera!

Hace unas semanas, como algunos saben, estuvimos de viaje con los chicos. Una experiencia divina y ultra recomendable como siempre es viajar.
Esta era la primera vez que viajábamos con Cande a un país que no fuéramos residentes y con los ojos nuevos que está loquita nos ha regalado.
Nuestro destino fue Estados Unidos, país que está claramente más avanzado en lo que a inclusión respecta y donde obviamente es más frecuente encontrarse con personas con síndrome de Down en el cotidiano, más que por la inclusión por el volumen de personas comparado a nuestro pequeño país de 3 millones de habitantes.
Sobre la inclusión en ese país voy a contarles en otro post, en este les quiero contar de algo muy lindo que nos pasó a lo largo de todo el viaje.
En los lugares más insólitos y comunes donde nos cruzáramos con otra persona con síndrome de Down nos sorprendía una avalancha de afecto ya fuera de Cande a la otra persona o de ésta a la Chini. No importaba donde o cómo, pero un abrazo, un besote y la infaltable risota dibujada en la cara acompañada de esos ojitos almendrados que destellaban felicidad eran la constante.
Nos cruzamos con niños, adultos, jóvenes, hombres y mujeres y todos se “encontraban” y al verse se fundían en esta suerte de sinfonía de afecto que nos dejaba a todos los espectadores que teníamos la suerte de presenciar este maravilloso encuentro inundados de una ola de amor impresionante y un poco celosos de no ser parte de esta “cofradía”, de ese grupo secreto que con solo reconocer a otro de sus miembros desplegaban la batería de afecto sin censura ni vergüenzas… Así puro y simple.
El único caso que logré registrar en foto para compartir con ustedes fue el encuentro con Emily.
Estábamos toda la familia sentados en un muelle mirando el mar. Cande estaba sentada en el coche, porque venía despertando de una linda siesta, un poquito atrás de mi, de pronto y de la nada por el rabillo del ojo veo un huracán que llega corriendo y se funde en un abrazo sin igual con la Chini, la que sin dudarlo retruca ese abrazo con muchos besos. Era Emily una niña de 7 años, con síndrome de Down, que al igual que nosotros estaba de vacaciones con su familia disfrutando el divino paisaje. Parecían amigas de toda la vida, parecían conocerse desde siempre. Nos quedamos hablando con su mamá por mucho rato, no sólo porque tema no nos faltaba y quien les escribe habla hasta por los codos, sino porque no había ser en este mundo que lograra que estas dos se separaran. Ni la promesa de ir a comer algo rico, ni el tener a toda la familia esperando hizo que Emily dejara a su nueva amiga, el milagro lo logró un perrito que paso jugando y automáticamente robó la atención de las dos amigas y zaz oportunidad aprovechada y despedida a lo lejos.
A medida que Emily se alejaba y Cande quedaba con la sonrisa tatuada en la cara no podía dejar de pensar en que envidia me daba esa capacidad de dar afecto sin límite, sin que nos importe el que dirán, sin cohibirse ni frenarse. Llegué a la conclusión de que esta Chini y todas las personas con un extra cromosoma vinieron a este mundo no sólo a ser personas plenas y felices, como todos, sino a ser para el resto un recordatorio permanente de cómo serlo.

Quien pudiera desprender tanto afecto sin medida. Quien pudiera tener la suerte de no controlar el impulso de dar amor. Quien pudiera!

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2 Comments

  • Reply
    Montse
    09/05/2016 at 7:26 am

    Qué maravillosa anécdota! Qué lección de amor tan mayúscula, aunque suene a tópico. Increíble.

  • Reply
    Natalia
    12/04/2016 at 3:09 pm

    Al igual que el resto de tus post totalmente disfrutable. Me vino a la mente un momento similar que viví con Joaco el año pasado. Con mi esposo concurrimos a la charla que brindó el Dr Florez en Montevideo, con la inscripción nos regalaron un bolso que tiene fotos de personas con Sindrome de Down, algunos días después ese bolso estaba colgado en un perchero de casa, Joaco pasó y cuando lo vio empezó a darle besos, muchos besos…..

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